El Curioso Viaje a Real de catorce y Wadley con mi Compirix Pepe para "rescatar" a nuestro roomie Marco.

En otra entrada previa, de este curioso blog, les platiqué de cómo fue que Pepe, Marco y yo, terminamos cohabitando en G903. Mientras Pepe trabajaba como ayudante de un ortopedista en el Hospital Ángeles del Pedregal, yo era un joven adscrito de dermatología en el Hospital Gea González, encargado de la Clínica de Heridas, y Marco estudiaba su semestre de medicina. Y todo transcurría normalmente.

 

Marco, aunque dedicado, no tenía tanta facilidad para sentarse a estudiar sus materias clínicas de medicina. Recuerdo que ese semestre le tocaba estudiar neumología, y pues lo veíamos estudiando muy serio en su escritorio todos los días. No imaginando que, aunque estaba sentado, pudiéramos decir que no estaba entendiendo mucho de lo que leía – algún día, si me animo, les contaré por qué – pero tuvo que ver con cierto preparado, de cierta mantequilla, con ciertos panes con mantequilla y mermelada. Pero bueno, para no ser críptico no diré más, y me limitaré a continuar mi historia.

 

Como les platiqué también, la mamá de Marco estaba muy entusiasmada que su hijo viviera con dos médicos que le dieran un ejemplo a seguir. Así que Pepe y yo sentíamos cierta responsabilidad de que a Marco le fuera bien en la Fac Mex Med de La Salle, y estábamos al pendiente de sus estudios. 

 

Pues bien, cierto día, ya calculando que había terminado el semestre de Marco, llegué a departamento y me encontré a Pepe quien me dijo: “Compadre, no manches con este escuincle.” Y yo le pregunté asombrado: “¿Qué hizo?” Y Pepe: “Pues ve y pregúntale, está aterrado de lo que le va a hacer su mamá.”

 

Así que toqué la puerta de Marco y al abrirme la puerta, lo vi con una cara de preocupación tremenda y me dijo: “¿Ya te dijo Pepe? Creo que ahora si me pasé. ¡Mi mamá me quiere matar y está furiosa!” Yo, no entendiendo bien que pasaba:” ¿Pues que hiciste Marquillo?”  Él: “Reprobé el semestre. Reprobé las materias principales y no voy a pasar de semestre.”

 

Yo estaba en shock, porque de verdad le veía estudiar todos los días. Pero ahí fue cuando me contó de aquellos panes con mantequilla, y de cómo, aunque parecía que estaba estudiando, más bien estaba tratando de entender lo que leía. “If you get the idea.” 

 

Para no alargarme en todos los hechos que se sucedieron a esta catástrofe académica, yo me quedé muy preocupado y pensando cómo ayudarle. Para ese entonces, llevaba yo varios meses que había vuelto a mi terapia psicoanalítica con el Dr. Eduardo Zajur, QEPD, mi gran psicoanalista, y poniendo varias cosas juntas, y considerando todo lo que a mí me había servido hacer contacto con muchas cosas internas que arrastraba de años atrás, platiqué con el Dr. Zajur, y al más puro estilo de un padre preocupado por su hijo, llegué una tarde al depa y le dije a Marco: “Ven, quiero hablar contigo.”

 

Nos sentamos en la sala, yo paternal en el sillón individual, y Marco en el de 3 personas al lado, y comencé:

 

“Mi estimado Marquillo, creo que dentro de ti tienes todo el potencial de abrir canales que tienes bloqueados, de entender tu pasado y todas las cosas que traes arrastrando internamente por la muerte de tu papá, por la vida lejos de casa, etc.  y siento que te ayudaría muchísimo que empezaras a trabajarlas mediante el psicoanálisis. El psicoanálisis no es rápido, ni es sencillo, pero a mí me ayudó a entender muchas actitudes que me tenían atorado, que me generaban tomar malas decisiones en la vida, y muchas otras cosas más que llevamos enterradas porque son demasiado complejas para entenderlas. Si tú quieres, yo hablé con mi doctor, y me dijo que, con mi recomendación, está dispuesto a recibirte como paciente, y siento que te va a ayudar muchísimo. Aprovecha esta caía, este parteaguas y date esa oportunidad para conocerte mejor.”

 

Luego de mi super “speach”, Marco me miró y me dijo: “Voy a platicarlo con mi mamá, sí me late, pero está muy enojada, y sabes que debería tener su aprobación para pagar semanalmente el psicoanálisis. Este domingo que hable con ella, le voy a contar y si me dice que sí, claro que empiezo con el psicoanálisis. “

 

Yo salí de esa plática, sintiendo que había hecho una buena obra, hasta le conté a Pepe quien escéptico me escuchó, y no dijo nada más. La idea era que el domingo Marco hablaría con su mamá, y el lunes Marco ya tenía su primera cita con el Dr. Zajur, unas horas antes de mi sesión con él. 

 

No recuerdo bien, porque fue hace muchos años, el por qué ya no pregunté a Marco el mismo domingo sobre la llamada con su madre, pero yo el lunes manejé hasta el Parque Hundido, esperé en la antesala a que el Dr. Zajur me llamara, y cuando entré, intrigado por cómo había visto a Marco, le pregunté: “Cuénteme Dr. Zajur, ¿cómo le fue con mi amigo?” A lo que serio, y hasta molesto, me contestó: “Su amigo no se presentó a la cita doctor.” ¡Imagínense mi asombro y mi molestia! Luego de ofrecerle disculpas, y de ofrecer pagarle yo la consulta perdida, que amablemente me condonó, y de tener una sesión donde “Lo primero que me vino a la mente”, fueron ganas de agarrar a zapes a Marco, salí hecho un energúmeno directo a Generales 903.

 

Cuando entré, casi casi que desde la puerta iba ya gritando: “¡Marco ven acá!”

Salió Marco del cuarto, tan campante, como si nada, y hasta diría yo que muy contento. “¿Me quieres explicar por qué dejaste plantado al Dr. Zajur y me hiciste quedar fatal con él? ¿Qué no habíamos quedado en algo? Si tu mamá no lo autorizó, lo mínimo era avisarle al doctor para que pudiera meter a otro paciente.” le dije sumamente molesto.

 

A lo que me dijo: “Ay si, perdón, tenía que haberle avisado, perdón.”

“Entonces ¿tu mamá no te autorizó ir con Zajur?” le pregunté.

“No exactamente, me propuso algo mejor.” Dijo Marco.

Yo totalmente confundido con esa respuesta, me quedé callado, y con los ojos pidiendo una explicación más detallada. Y continuó:


“Es que le comenté a mi mamá del psicoanálisis. Y pues no le pareció mala la idea, pero me dijo que ella también lo trató, pero que le aburrió porque es muy tardado, asi que me hizo una propuesta mejor. Me dijo que, si me quería ahorrar algunos años de psicoanálisis, que lo que iba a hacer era contactarme con unos amigos de ella, que conocen a un chamán en el desierto de Wadley en San Luis Potosí, y que me vaya con ellos y con el chamán a que todos esos canales cerrados de los que me platicaste, se abran de una vez para que vea yo mi vida con más claridad en una experiencia con peyote.”

 

¿Se quedaron ustedes con cara de “what”? ¡Imagínense yo!

 

“¿Peyote? ¿En el desierto de Wadley junto a Real de Catorce? OK, no entiendo nada de nada.”

 

Pero Marco ya se había hecho a la idea. Es más, estaba tan entusiasmado con la idea, que nos dijo a Pepe y a mí que fuéramos con él, que nos invitaba. Que se iba a ir el jueves y regresaría por ahí del lunes o martes de la siguiente semana. 

 

Por supuesto que le dijimos que no, que tanto Pepe como yo trabajábamos, y que no podíamos ausentarnos así nomás porque sí, porque nosotros no teníamos vacaciones como él. Y pues por dentro aún me ardía la sangre del plantón a Zajur. 

 

Los días siguientes Marco estuvo haciendo sus preparativos. Eso sí, cuando un tema le interesaba, era el más dedicado. Leyó todo sobre Wirikuta, sobre el pueblo Huichol, sobre las ceremonias del peyote, preparó su tienda de campaña y su equipo para irse, y llegado aquel jueves, nos despedimos. Subió a su Peugeot 206 convertible, y se fue a la aventura, quedándonos Pepe y yo en la incertidumbre de todo lo que había pasado, y con la preocupación de saber que sería de Marco en aquella experiencia.

 

Pasó el fin de semana, y el lunes fue un lunes más. Mi relación con Marco no era tan cercana como la que tenía con Pepe, con quien convivía más tiempo, así que yo le preguntaba a Pepe por “el escuincle” como le decíamos él y yo. 

 

“Pues hablé con él el día que se fue en la noche, que me avisó que ya estaba en Real de Catorce, y que al día siguiente contactarían al chamán sus amigos y él. Que la idea era ese mismo viernes bajar al desierto, y estar viernes, sábado y domingo y regresarse dependiendo, lunes o martes porque igual quería ver Real de Catorce. Pero desde esa llamada, ya no supe más, creo que ya no tiene recepción en donde está.” me dijo Pepe. 

 

Me quedé con la idea de que, si no llegó lunes, era porque llegaría entonces el martes. Así que el martes por la noche, llegué al depa, dispuesto a preguntarle a Marco si ya había resuelto sus temas internos, y con mucha curiosidad sobre la experiencia, y me encontré a Pepe solo, quien me dijo: “No ha llegado, no le entran llamadas, y no se ha reportado.”

 

Yo me dije que, pues ya llegaría, y que seguramente se le había retrasado el regreso y regresaría en la madrugada o más tarde. Y me fui a dormir.

 

A la mañana siguiente pasé y vi la puerta de Marco abierta y la cama tendida, tal cual estaba la noche previa. Pepe ya despierto, me dijo que ni sus luces. Y empezamos a preocuparnos. Pensamos que, si estaba de vacaciones, realmente no había mucho de qué preocuparse, y que igual se había quedado más días o algo así. Pero esa noche, ya preocupados, llamamos a la mamá de Marco quien tampoco tenía noticias de Marco, ni de sus amigos. Cabe señalar que no era el México de ahora, donde ni siquiera hubiera sido posible soñar con irse a acampar al desierto de la zona de Matehuala y Wadley, por el cáncer que aqueja a este país llamado narcopolítica. Era otra época en que lo que nos vino a la mente fueron víboras, coche descompuesto a la mitad de la nada, perdido en el viaje en el desierto (en sus dos variantes), etc.

 

Así que, como buenos “roomies” planeamos la operación de rescate de Marco y amigos, y cada uno pedimos permiso en nuestra chamba, con la idea de darle el resto del día, y si no sabíamos nada de él, nos lanzábamos el jueves después de comer a Real de Catorce a buscarlo. Dejaríamos todo listo para irnos en mi super poderosa Jeep Liberty 4x4, si, esa misma que luego rifé años más tarde, si no aparecía el escuincle.

 

Y así fue. Amanecimos el jueves sin noticias de Marco, y saliendo del hospital me fui a la casa a esperar a Pepe que terminara su jornada en el HAP, y terminando de comer, nos montamos en la Liberty y nos lanzamos a buscar a Marco.

 

Viajar con Pepe siempre era una aventura. Si algo puedo decir del Compirix, es que jamás te aburrirás. Puede ser necio como un burro (que yo tengo lo mío también) pero aburrido, jamás. Eso sí, todo el viaje de cuando en cuando, nos dábamos un momento para exclamar algo parecido a “Pinche escuincle irresponsable” o similar.

 

Para los que no sepan lo que es Real de Catorce en el Estado de San Luis Potosí, es un pueblo mágico minero “fantasma” que por años estuvo abandonado cuando se inundó la principal mina de plata y por causa de revolución mexicana. Real de Catorce fue un pueblo minero importantísimo. Tan importante que tenía su propio ferrocarril, un palenque de gallos, donde cuenta la leyenda que personajes como Ángela Peralta y Enrico Carusso fueron a cantar en él, en su época de auge de las ricas vetas de plata que ahí se explotaron. Es, además, un sitio de peregrinación del pueblo Wixarika o conocido como Huichol, donde año con año, acuden a un cerro cercano llamado el Cerro del Quemado, a recibir a los dioses que los guían, al lugar sagrado que ellos llaman Wirikuta, donde se cree que se creó por primera vez el sol. Es un lugar, que bien merece el nombre de mágico, no solo por lo que a continuación platicaré, sino porque se siente aún la vibra de los miles de personas que vivieron ahí, y luego se fueron, de la energía de los pueblos originarios, y de la historia.

 

Para llegar a Real de Catorce, hay que subir una empinada cuesta, por una carretera de terracería que va subiendo la Sierra de Catorce hasta llegar a un punto donde siempre he considerado, que se deja atrás el presente, para viajar al pasado, el Túnel Ogarrio. El túnel Ogarrio es un túnel de aproximadamente 2 kilómetros de largo que fue construido en la época del auge minero e inaugurado en 1903. Es un túnel muy antiguo con un arco de piedra en la boca que da “al presente” y tallado en roca madre dura. El piso está recubierto de lajas de piedra, como las que puedes apreciar también en los túneles de Guanajuato. Como solo cabe un vehículo, se coordinan de un lado con el otro con un antiguo teléfono de pila seca, y se avisan si ya pueden mandar de un lado o del otro a los coches. En épocas de feria del pueblo, o cuando hay mucho turismo, el túnel se cierra y solo pasan carretas tiradas por mulas para llevar a quienes estacionan ahí sus autos, al interior del pueblo, y el pueblo se vuelve peatonal. También a cierta hora de la noche, el túnel se cierra, y se vuelve a abrir de madrugada.

 

Pues bien, llegamos ya de noche, con unos paisajes nocturnos de ensueño por la luna completamente llena, a la boca del Túnel Ogarrio donde nos recibió un señor con cara de cansado que nos dijo: “Ya está cerrado el túnel. Cerramos a las 10.” 

 

Habíamos salido de la Ciudad de México muy tarde para una travesía de casi 7 horas, y eran ya las 10 de la noche y unos minutos.  Le dimos la explicación de que veníamos buscando a unos amigos, que temíamos por ellos, que no fuera gacho, que nos diera chance, y ante tanta explicación y súplica, y manejando la carta de que éramos doctores y salimos tarde del hospital, nos dio el ansiado paso.

 

Cruzamos el mítico túnel, donde años antes viví otra interesante experiencia que les contaré, pienso yo, que en mi próximo post. Y al salir del otro lado del túnel, habíamos sido transportados mágicamente al pasado. Ahí, se abría ante la boca del túnel, un pueblo de edificios de piedra tan viejos como maravillosos, la Iglesia de San Francisquito, la antigua casa de moneda, y los pequeños hoteles y restaurantes que hacen de Real de Catorce un lugar inigualable. 

 

Buscamos un hotel, una especie de pensión, y aprovechamos para preguntar donde íbamos, si no habían visto a Marco, cuyo Peugeot era tan llamativo, que pronto más de uno nos dijo que si, que había llegado ahí hacía ya días, pero que luego se fue a Wadley, y desde entonces no lo habían vuelto a ver. Que había bajado con un conocido chamán del pueblo, que vivía cerca de la estación Wadley del tren, junto al taller. Así que había ya más información para seguir los pasos de Marco éstos últimos días. El plan de búsqueda iniciaría al día siguiente.

 

Nos levantamos temprano (no mucho porque la verdad estábamos muy cansados), desayunamos unas enchiladas mineras al lado del pequeño zócalo del centro de Real de Catorce, la famosa Plaza Hidalgo, con su reja porfiriana de hierro forjado, y empezamos a platicar con los que organizan las expediciones al desierto de Wadley, las famosas “Willys”.

 

Se llaman así por éste mítico vehículo 4x4, el Willy, de los cuales hay muchos en Real de Catorce porque solo con vehículos como éstos, se puede bajar por la barranca oeste desde el pueblo, hasta la estación Wadley de real de 14. Es un camino de piedras de laja, tierra, angosto, al lado del cual hay un profundo acantilado, y del otro una pared de roca madre. Nos ofrecieron bajarnos, pero yo tenía plena confianza en mis habilidades de piloto de 4X4, y decidimos bajar solos. Antes de iniciar el descenso, un chofer de Willy nos dijo: “Solo recuerden que si se encuentran otra Willy de subida, se tienen que orillar muy bien a un lado o al otro para que pasen los dos.” Si vieran el camino un día, verían por qué eso, sonó mas que a una sentencia o amenaza, que a un consejo. 

 

La bajada, aunque con mucho nervio, sobre todo los primeros metros donde la camioneta se va deslizando un poco sobre las lajas que patinan unas sobre otras, tiene su particular encanto. Al fondo del barranco, se ve una fundición con una enorme chimenea de ladrillo, y se ven otros edificios abandonados sobre la ladera de la sierra, y al fondo del cañón, se alcanza a ver el pueblo de Estación Wadley, llamada así por la estación del tren que lleva muchísimos años aún funcionando en ese punto. 

Bajamos lento y con cuidado, y afortunadamente no encontramos ningún Willy de subida, y llegamos a donde ya, por lo menos si nos salíamos del camino, no habría una muerte segura. De ahí, a Wadley, el camino transcurrió sin mayores hechos que el maravilloso paisaje semidesértico.

 

Encontramos la estación de Wadley, y el taller, y preguntamos por Marco. Nos dieron direcciones de la casa donde se estaban quedando, y nos fuimos para allá. Cuando llegamos, no había nadie en la casa, solo estaba el coche de marco estacionado en la entrada de la casita, pero ni luces de Marco o sus acompañantes. Eso nos hizo saber que, Marco, seguramente seguía en el desierto, y eso nos puso aún más nerviosos. Así que comenzamos a preguntar en las casas de alrededor si nos podían decir mas y encontramos al hermano del chamán.

“Si, claro que, si están sus amigos en el desierto, se fueron con mi hermano, han vivido varias experiencias en el desierto. Si me dan $500 pesos (en esos años un dineral para lo que Pepe y yo ganábamos), yo los puedo acompañar, pero sino, pues les digo cómo llegar para allá y los buscan. El coche de su amigo no pasa para allá, y a decir verdad, esa tampoco sé si vaya a pasar (señalado a nuestra Liberty), porque sí está muy suelta la arena y muy duro el camino.”

 

Teníamos entonces el tanque poco arriba de ¾, y decidimos que $500 pesos era mucha lana, y que la Liberty, podría con el camino. Así que nos dio las instrucciones, y nos dijo cómo llegar (o eso creíamos). Era más o menos ya la 1:00 de la tarde. Había que manejar siguiendo el camino principal por 10 minutos (así nos dieron la distancia) hasta llegar al panteón, y de ahí, continuar pasando el panteón por el camino de la izquierda. Sonaba bastante sencillo, pero no resultó así.

 

Así le hicimos, y luego de 10 minutos, no encontramos ningún panteón. Supusimos que, a lo lejos, lo que se veía, era el panteón, así que continuamos por ahí y, como 10 min más tarde, encontramos el famoso panteoncito. Continuamos derecho y llegamos a una encrucijada donde había que tomar por la izquierda. La sorpresa, fue que no eran 2 sino 3 caminos. Uno de frente, uno a la izquierda, y uno a la derecha. ¿Qué hubiesen hecho ustedes? Pues nosotros igual, tomamos el de la izquierda. 

El camino no era fácil. El suelo era, literal, talco, y por supuesto necesitamos el 4X4 en bajo continuo. Cada dos o 3 kilómetros, había una nueva encrucijada, donde los caminos eran al menos 3, pero más comúnmente eran 5. Así que después de como 1 hora de estar buscando y parando cada 20 o 30 minutos a subir al techo y ver si veíamos a alguien, o gritar “Marcooooo”, y no ver nada ni escuchar nada, decidimos que seguramente habíamos tomado demasiados caminos a la derecha y era hora de tomar el del centro o el de la izquierda o terminaríamos aún más perdidos. 

Realmente nunca nos hubiésemos perdido, porque a lo lejos siempre se escucha el silbato del tren y se ve la sierra de catorce, pero la extensión de desierto es enorme y empezamos a pensar que encontrar a Marco sería como buscar una aguja en un pajar.

Tomando los caminos de la derecha, empezaron a suceder cosas muy curiosas. Lo primero es que de repente, encontramos una comunidad de casitas de adobe, de paredes circulares, como si fueran esas cabañas de lodo que se encuentra uno en las películas de tribus africanas. Todas con techo de vara de madera. Ahí, vivía una comunidad de nacionales y de extranjeros, aparentemente artistas, pues afuera de algunas casas había pinturas. Una de esas chozas tenía un árbol tipo huizache enfrente, y del árbol colgaban decenas de pinturas en sus bastidores que se movían en el viento. Unas más nuevas, otras ya se les veía que llevaban varios meses colgando. La gente nos miraba desconfiada pues se ve que recibían pocas visitas. Encontramos a una señora a la que le contamos nuestra situación, y nos dijo que estábamos muy lejos de donde nos habían mandado. Que, en efecto, habíamos tomado demasiadas vueltas a la izquierda y debíamos ir totalmente hacia la derecha. Suena muy fácil, pero no lo es, porque de nuevo nos encontramos con aquellas encrucijadas de 5 caminos y optamos por seguir el camino más a la derecha donde hubiera huellas de Willys más recientes. Ya para esta hora, eran como las 3 de la tarde.

No mucho más tiempo después, vi un árbol a lo lejos y del árbol, colgaba un alto palo con una bandera blanca en la punta. De inmediato nos entusiasmamos pues juramos que habíamos dado con Marco y sus amigos. Así que nos dirigimos a aquel lugar.

Conforme nos fuimos acercando, empezamos a notar algo muy curioso. Primero que todo, no eran 3 personas, ni 4, sino como 12 o 15. Mas raro aún… ¡Estaban pintados! Al más puro estilo de un documental de Nat Geo, encontramos hombres jóvenes, y mujeres jóvenes, perros y gatos, unos pintados de azul, otros pintados de naranja, unos mitad y mitad, otros la cara de un color y el cuerpo de otro, en diversos grados de vestido o ausencia del mismo. Los gatos y los perros eran los más curiosos pues algunos tenían pintado el cuerpo de naranja, con manchas azules, otros la pura cola, etc. Algunos de ellos juntaban varas de madera, otros hacían un círculo de piedras para una fogata, pero otros hacían un círculo mucho más amplio como de 10 metros de diámetro con piedras. Otros más hacían una extraña ceremonia frente a los arbustos con cuchillos de obsidiana o enterrando cosas, y otros más, estaban auxiliaban a un compañero que estaba volviendo el estómago, mientras unos le decían, “te castigó, te castigó”. Si conocieran a Marco sabrían que era bien capaz de ser parte de esa tropa, así que paramos a preguntar por nuestro amigo. Y también, a preguntar por la razón de tan curioso espectáculo.

 

“Venimos de la Ciudad de México. Salimos hace casi un mes caminando. Somos nómadas una vez al año y caminamos aquí a buscar el hikuri (nombre que le dan los huicholes al peyote) para buscar aclarar nuestras mentes y conectar con nosotros. Aquí estaremos unos días comiendo el peyote y conviviendo.”

 

Ni Pepe ni yo teníamos como objetivo comer peyote, ni participar de una ceremonia así, pero si nos daba muchísima curiosidad todo eso. Así que pregunté: “¿Y cómo es el peyote? ¿Dónde se encuentra?” Y uno de ellos me mostró aquella curiosa cactácea sin espinas. Cuando la vi, le dije: “Yo vi varios en el camino en algunas paradas que hicimos, crecen pegadas al tallo de otras plantas.”

“¿En serio? ¿Viste varios en el camino?” preguntó medio sorprendido uno de estos personajes. “Si, vi varios, es más, mire, ahí, debajo de ese matorral hay otro”, y señalé una pareja de peyotes. “¡Miren, miren, a este compa lo está llamando el hikuri!” exclamó señalándome.

Y entonces comenzó a explicarme toda la ceremonia:
“Encontrar peyote no depende de uno, depende de que el hikuri quiere que lo encuentres. Por ejemplo, a ti, te está llamando, porque has visto varios y fácilmente lo encuentras. Una vez que lo encuentres, debes limpiar la tierra de alrededor, tomar un cuchillo muy filoso, de preferencia de piedra u obsidiana, y solo cortar la corona. Nunca, por ningún motivo debes desenterrarlos o matar las raíces, porque morirá y se extinguirán, si dejas las raíces, en algunos años brotará otro peyote nuevo. Como el peyote te dará claridad, tu debes dejarle algún tributo, así que al lado de la raíz hacemos un pequeño hoyo y dejamos una ofrenda, una moneda, un amuleto, algo que aprecies, y luego no lo cubres para que la herida se seque al viento y haga una cicatriz. 

Después debes, con el estómago vacío, partir el peyote en gajos, y masticarlo y tragarlo. Poco a poco porque es muy amargo y difícil de tragar. A algunas personas, el peyote los castiga, entonces sienten nauseas terribles, y deben vomitar como el compa aquel. Pero si pasó un rato, al menos media hora, ya el peyote habrá dejado su huella en su espíritu. De que lo comes, a que abres los ojos, pasa un tiempo, un par de horas.”

“¿Y el fuego o los círculos son algo?” preguntamos.

“Si, el fuego además de calentarnos, nos une a unos con otros. Y el círculo externo, es para no perdernos. Cuando comes el hikuri, te da mucha energía, te dan unas ganas de caminar, o de correr, o de bailar, o al menos de mecerte. El círculo es para que no te salgas, porque ha habido casos de personas que lo comen, y empiezan a caminar y se pierden en el desierto. Así, todos caminamos o bailamos dentro del círculo. Luego ya te viene la calma y te conectas con todos y con todo.”

El sol comenzaba a caer, y nos preocupaba que ya no teníamos tanta gasolina, y que aún no aparecía Marco, así que nos despedimos, no sin que antes sucediera algo muy raro, un par de amigos muy sonrientes, que ya habían “abierto los ojos”, se acercaron a Pepe y a mí, y nos dijeron: “Y por su amigo no se preocupen, manejen en paz, pensando en éste lugar, y es que aún no era tiempo de que lo encontraran, pero a las 5 de la tarde lo encontrarán.”

Pepe y yo nos volteamos a ver pensando que estaban bien locochones, y nos subimos a la Liberty, y emprendimos el camino. Pero si, íbamos mucho más callados, pensando en todo eso. Y el comenté a Pepe, “¿Sabes? Me sentí super a gusto y tranquilo con estas personas. Me entró un mood de paz. Traían muy buena vibra.” Y Pepe me respondió: “No inventes compadre, yo sentí lo mismo, tenía ganas de quedarme, pero pues tenemos que encontrar al escuincle.” Y continuamos manejando mientras nos alejábamos del árbol con la bandera blanca.

Aún no se perdía por completo el árbol con la bandera blanca, cuando miré al reloj de la Liberty, eran las 4:55 de la tarde, y le dije a mi Compirix: “¿Te imaginas que a las 5 aparezca Marco? ¡Que super cool sería eso! ¿No crees?” Y seguimos manejando en silencio 5 minutos más, tras lo cual, paré y le dije a Pepe, “a ver Compirix, súbete al techo a ver si lo ves”. Pepe bajó, se subió al techo de la Liberty, y sin gritar, sin decir nada, bajó en silencio, se subió al coche, y simplemente me señaló mi lado de la ventana a la izquierda. Ahí, sentado en posición de flor de loto, a escasos 8 o 10 metros de la camioneta, estaba Marco y a unos metros más, estaban los 2 amigos de su mamá. Vivos, y los 3 sumidos en sus pensamientos y meditando, ahí estaban. 

Cuando bajamos del coche, el ruido de las puertas y nuestros pasos, despertaron a Marco de su trance, y abriendo los ojos nos sonrió emocionado exclamando: “¿Qué onda? ¡Qué buena onda que al final si se animaron a venir!”

“No manches Marco, dijiste que regresabas el lunes o martes ¡y ya es viernes!” le dijimos.

“¿En serio? ¡Que chido! Es que no se imaginan que increíble ha estado esto. De hecho, nos vamos a quedar unos días más. Al rato, como a las 6 y media, viene por nosotros el chaman, y nos lleva de vuelta a la casa, y mañana nos vuelve a traer. ¿Se van a quedar?”

Pepe y yo lo miramos con cara de asombro, pero, entendiendo que su objetivo era este, en el mood de total relax que adquirimos con los anaranjados y azules, y viendo que estaba bien, y que no había ningún peligro o emergencia, nos despedimos de Marco, y vimos que el sol, ya estaba bajando y era momento de regresar. Antes de subir al coche, vi una familia de peyotes, y Pepe me señaló lo difícil que era para él encontrarlos. 

Subí al coche, y le dije a mi compirix: “¿Y si lo probamos?” Y Pepe me dijo: “¿Y cómo nos regresamos? Todas nuestras cosas están en la pensión, y regresar por el desierto y por esa subida y acantilados empeyotados, no creo que sea buena idea.” dijo Pepe.

“Pero dijeron que puedes comerlo y tardas horas en hacer efecto. Podríamos comerlo, subir, y “abriremos los ojos” ya en Real. ¿Tú te imaginas que increíble debe ser eso?”

“Pues así si suena mejor compadre. Pero ¿vamos con los de la tribu?”

“¡Claro compirix! Ahí es justo a donde quería volver.”

Así que aún con luz, aunque ya había caído el sol, vimos la bandera blanca que nos guio hasta aquel lugar de nuevo, en donde, al llegar, nos recibieron diciendo: “Les dijimos que los estaban llamando, vengan hermanos, a comer del hikuri.”

Y bajando del coche, comenzamos a “cazar” nuestros peyotes. Yo pronto encontré uno enorme, grandísimo, de 22 gajos -aún recuerdo el nombre- y cuando lo mostré a nuestro instructor en estos artes exclamó: “Encontraste un brujo, un anciano, éste es un peyote muy sabio.” Pepe con más trabajo, pero también encontró dos pequeños.

Y poco a poco, gajo tras gajo, aguantando las ganas de escupirlos, los tragamos. 

Nos despedimos, porque, aunque aún se veía, ya se apreciaban las luces de las casas en Estación Wadley, y el faro del tren, pues explicamos que pensábamos regresar.

Ellos nos invitaron a quedarnos, pero la verdad es que Pepe y yo si queríamos volver a Real, pues al día siguiente había que regresar. Y emprendimos el regreso, algo ansiosos de ver, que nos quedaba menos de ¼ de tanque de gasolina. 

Llegamos a Wadley justo cuando se encendió el foco de la gasolina, y hubo que preguntar en el taller por gasolina. Nos mandaron a una casa donde nos vendieron la gasolina más cara de la vida, con un embudo y un tanque metálico grande. Suficiente dijo, para llegar a la gasolinera de Matehuala. Lo que no calculamos, es que ese pequeño pit-stop, nos hizo perder casi 30 minutos, que afectaron nuestro cálculo, y pues empezamos a “abrir los ojos”. 

“¡Vámonos compirix porque subir por esa cuesta no está fácil en nuestros 5, ahora imagínate si nos pega de lleno!” Y comenzamos a dirigirnos a la quebrada siguiendo el camino hacia la vieja fundición. 

Para quienes piensan que fuimos completamente irresponsables, les comento que nunca se pierde contacto con la realidad, ni hay alucinaciones. Son más bien ilusiones (distorsiones y sensaciones profundas de lo que sucede a tu alrededor), y que no estábamos a full en la experiencia. Así que se podía manejar bien siguiendo el camino. 

Ya la oscuridad era total, y nos guiábamos con los faros de la Liberty por aquellos caminos. Pero por supuesto, teníamos algunas dudas de si íbamos por el camino correcto. Justo cuando empezamos a dudar, apareció una pequeña vivienda que no vimos a la subida, donde había una señora a la que le regalamos dos Boings, y le preguntamos si íbamos bien. La señora, muy sonriente, solo nos señaló el camino por el que íbamos, y dijo “ahí van bien, ahí síganle”. Y así lo hicimos. Me pareció como si la señora nos conociera de antes, o supiera quiénes éramos, había cierta sensación de conocernos de años atrás.

Seguimos el camino, y nos encontramos con la vieja fundición, donde comenzaba lo más empinado y peligroso del camino. Me entró cierta preocupación, que Pepe también sentía, porque cuando empieza a uno a sentir el efecto, te conectas con lo que te rodea y muchas sensaciones se vuelven compartidas. Fue entonces cuando, frente a nosotros, apareció un hombre a caballo de espaldas, con un caballo pinto, como el de Toro, el compañero del Llanero Solitario. Al mismo tiempo Pepe y yo nos volteamos a ver, y sin hablar, nos preguntamos con la mirada: “¿Es real? ¿Estás viendo lo que yo veo?” Y ambos abrimos los ojos y nos reímos, pues aquel hombre a caballo, era real. Y despacio, subimos aquella cuesta con el hombre a caballo como guía, llevándonos seguros por el camino de subida, hasta que aparecieron las primeras ruinas, y luego la plaza del kiosco. Estábamos de vuelta en Real de Catorce, sanos y salvos, y con una sensación de pertenencia al lugar que jamás había experimentado. 

Mi edificio de día, es el antiguo hotel, o lo que fue el antiguo hotel, con sus balcones de hierro forjado y sus muros vacíos en franco deterioro y con nidos de palomas. Así que le dije a Pepe que fuéramos dejar el coche en la pensión, y luego camináramos por el pueblo. Y así lo hicimos.

Caminamos un par de cuadras del pequeño pueblo y a nuestra izquierda una calle de subida tenía un lugar donde había música. Era un pintoresco bar cuyo nombre no recuerdo, pero mi Compirix, eterno Don Juan, me dijo: “Vamos a ver que hay compadre. Nos tomamos algo y luego seguimos caminando.”

Entramos al bar, y para mí, fue demasiado. La música sonaba a mis oídos durísima, y aunque era en vivo, era como exactamente lo contrario a la paz que sentía cuando estuve con “La Tropa”. Pepe fue a platicar con una chica suiza que se encontró ahí, pero regresó para decirme que no, que, por alguna razón, el lugar, igual que a mí, no le vibraba. Y salimos de aquel bar, que en otras ocasiones sería mi favorito del lugar, pero en aquella ocasión, no me generó ninguna emoción positiva. 

Así que salimos de ahí y fuimos de nuevo a caminar. Cada uno optamos por seguir por nuestro camino, y luego encontrarnos en el hostal o pensión. 

Hasta hoy, no borro de mis recuerdos aquella caminata por Real de 14 a la luz de la luna llena, la cual hacía sombras al filtrarse por las ventanas de los muros de las ruinas, coronados con algunos pequeños nopales o agaves que crecían en ellos. Pero el clímax para mí, fue llegar al antiguo hotel. En aquel entonces el edificio aún no estaba cerrado pues los muros seguían muy estables y sin apuntalar. Entré al edificio y me vinieron a la mente las historias de Ángela Peralta y Enrico Carusso cantando en en el palenque de gallos, para luego irse a sus habitaciones en aquel hotel. Imaginaba la recepción de ese hotel con personas vestidas en sus trajes más elegantes a la mitad de aquel pueblo desértico en la sierra, escuchando resonar la música y el canto, que deben haber inundado todo el pueblo. Las sensaciones, las imágenes, me transportaron a esa época, y literal viví ese Real de Catorce. Y de ahí, caminé directo a la plaza de la iglesia, porque sabía que ahí estaría Pepe, y así fue. Ya ninguno de los dos hablábamos. Solo de cuando en cuando comentábamos lo intenso que se sentía todo aquel pueblo, y lo increíble de todo lo que nos rodeaba. 



En el desierto, la noche es muy fría, y pronto, el frio no nos permitió seguir caminando, así que volvimos a la pensión, nos recostamos y comenzamos a platicar lo que veíamos y sentíamos. Para mí, en ese momento, las figuras que los huicholes ponen en sus artesanías empezaron a aparecer en mis recuerdos, y empezaron a tener un sentido que nunca antes habían tenido. La geometría, las figuras, todo me recordaba la silueta y la figura del peyote, del desierto, del viento, del frio. 





Pepe también algo parecido me contó, pero sinceramente, cada uno estaba teniendo su propia vivencia, aunque ambos tuvimos el mismo encuentro con aquella tropa, con aquella señora, con el desierto, con la fundición, y con aquel místico personaje en el caballo pinto. Y así, finalmente cada uno se fue durmiendo.

A la mañana siguiente despertamos tarde, como nuevos, renovados. Empacamos todo, comentando lo loco de aquella experiencia, desayunamos sintiéndonos perfectamente bien, con una sensación de paz y de una sabiduría diferente de la que teníamos cuando llegamos. Tranquilos de saber que Marco estaba bien, y listos para regresar a casa. Yo pasé a ver un puestecito de un huichol que estaba ahí en la plaza frente a la iglesia, antes de salir, y le compré un collar con un medallón de chaquira, que, tal vez no me crean, pero era idéntico al que imaginé la noche previa, naranja, azul y blanco.  Me lo eché al cuello, le conté al señor que lo vendía que lo había imaginado, y me dijo que si, que así pasaba con el hikuri. Y subiendo a la Liberty de nuevo, atravesamos el mágico túnel de Ogarrio, para volver de nuevo al presente.

 

Y para aquellos curiosos que se preguntan qué pasó con Marco, pues regresó al G903, y digamos que no sustituyó la experiencia, 4 años de psicoanálisis.

 



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